Un gabinete mágico

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Mapa de las Antillas del libro Opera. Legatio babilonica; Occeanea decas; Poemata de Pedro Mártir de Anglería, impreso por Jacobo Cromberger en Sevilla, 1511. Colección La Casa del Libro, San Juan de Puerto Rico

Decía Borges, citando a Emerson, que una biblioteca es un gabinete mágico en el que habitan muchos espíritus hechizados que despiertan cuando abrimos los libros. Sin lugar a dudas, La Casa del Libro es un gabinete mágico. Doy fe de ello. En mi caso, el primero de los espíritus surgió de la obra de Pedro Mártir de Anglería, De orbe novo decadis de 1516. El director de turno me pidió que me lavara las manos antes de entregarme dos lápices, una libreta y los dos libros de Mártir en la colección de La Casa del Libro “a ver qué yo le podía decir”. ¡Vaya encomienda! Me sentía derrotada desde antes de empezar, pero acepté el reto porque yo – curiosa impenitente – no podía perder la quizás única oportunidad de mi vida de manejar libros del siglo XVI. Empecé en orden cronológico por uno de 1511, “el del mapa”, que no se incluye en todos los ejemplares del libro. En un momento, el susodicho mapa fue eliminado por considerarse secreto de estado. El ejemplar de La Casa del Libro fue uno de los que se escapó con él. De otra parte, me di cuenta: al libro le faltaban páginas. Pasé al otro libro. Del denso texto en latín y tipos góticos de De orbe novo decadis saltó a la vista la palabra “manatí”. Mejor sería decir saltó Matum – ¡un espíritu hechizado! -que me cautivó de tal manera que no me quedó más remedio que lanzarme de cabeza al mundo de la literatura infantil. Sin embargo, antes de hacerlo, pude añadir un dato importante a nuestra catalogación de ese ejemplar: ¡incluye un glosario de palabras taínas vertidas al latín! Me refiero al  Vocabula Barbara, glosario de palabras antillanas editado por Antonio de Nebrija que precisamente aparece como apéndice en el De orbe novo decadis de 1516. Podría decirse que se trata del primer diccionario taíno-latín.

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Vocabula Barbara, glosario de palabras antillanas editado por Antonio de Nebrija que aparece como apéndice en el De orbe novo decadis de 1516.

En otra instancia, recién nombrada directora de La Casa del Libro, recibí una invitación de The Typophiles para hablarle a su matrícula en uno de sus almuerzos. Sólo otro puertorriqueño había sido antes invitado por ellos, ¡Lorenzo Homar! Me dieron a escoger entre dos fechas: a fines de ese otoño o el siguiente verano. Yo escogí la más lejana (mientras más lejos, mejor…). Me di a la tarea de averiguar algo de esta asociación. Mientras más conocía, mayor era mi pánico. Se trata de una asociación esotérica -creo que es ése el adjetivo justo – pues quienes la integran son, como el nombre lo indica, amantes de la tipografía. Ser invitado a hablarles constituye tal honor que el invitado corre con todos los gastos de viaje y, encima, tiene que llevarles un regalo tipográfico. Como un mes antes de tan fatídica fecha, apareció Araceli Ortiz-Azancot preguntándome el tema de mi charla para ella poder trabajar en el regalo tipográfico. Yo, casi histérica, le dije que no sabía… que no podía pensar en eso. (San Alejo, aléjalo…) Ella me pidió permiso para entrar al depósito de La Casa del Libro en busca de ideas porque tenía que empezar a trabajar. Allí, al ella sacar el libro de Edward Cocker (calígrafo inglés del siglo XVII), le dije que aunque la tipografía es hija de la caligrafía, a lo mejor se ofenden los Typophiles y entonces la llevé a donde se encontraba un libro que siempre me había llamado la atención, Of the Just Shaping of Letters from the Applied Geometry of Albrecht Durer, de Bruce Rogers (1870-1957), reconocido tipógrafo e impresor americano, amigo de Elmer Adler, fundador de La Casa del Libro.

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Página titular del libro Of the Just Shaping of Letters, diseño de Bruce Rogers, impreso por Emery Walker y William Merton en The Upper Mall Press en Sussex House, Londres, para los miembros del Grolier Club, 1927

Al cogerlo, cayó al suelo una hoja. ¡Por poco muero! Temí haber lastimado el libro… Resultó ser una hoja suelta impresa dañada que Bruce Rogers había transformado en una felicitación de cumpleaños para Adler, añadiéndole a la A la frase “is for Adler”. A mano escribió: “painfully printed at the Sign of the Sore Thumb, to commemorate the anniversary of the Birth of Elmer Adler” – dibujito incluído. Acto seguido, dije a Araceli: “Si A is for Adler, B is for Books and C is for Continuity…” ¿Inspiración súbita …o me lo sopló el espíritu de Bruce Rogers? Seguro que fue él. Vino en mi ayuda de nuevo cuando, al mencionar esta hoja en mi charla, me di cuenta que me había metido a aquella adusta audiencia en el bolsillo. ¿Por qué? Porque Bruce Rogers y Elmer Adler habían sido los fundadores de The Typophiles. El “keepsake” o folleto plegable diseñado como regalo tipográfico por Araceli Ortiz-Azancot para la reunión de los Typophiles del 16 de junio de 1993 fue un ABC of La Casa del Libro. El impreso mereció un premio de reconocimiento del American Association of Museums el año siguiente.

    ABC of La Casa del Libro, verso, recuerdo de la reunión anual de miembros de The Typophiles, junio de 1993.Diseño y serigrafía de Araceli Ortiz-Azancot

ABC of La Casa del Libro, verso, recuerdo de la reunión anual de miembros de The Typophiles, junio de 1993. Diseño y serigrafía de Araceli Ortiz-Azancot

    ABC of La Casa del Libro, recto.

ABC of La Casa del Libro, recto.

Pasó el tiempo y me di a la tarea de hacer un inventario/catalogación de la colección de La Casa del Libro. Uno por uno iban pasando por mis manos, en orden cronológico, los libros que la componen. Al manejar Documenta moralia Catonis, impreso en Ulm (1477) por Johann Zainer, leí primero -como era mi costumbre- la valiosa información que Elmer Adler había dejado en ese ejemplar. ¡Era el único incunable que contenía una maldición! La busqué al final del texto, donde a menudo los copistas ponían un Deo gratias o una maldición para mantener a raya a los ladrones y que los impresores eliminaban. No estaba. Volví a leer con más cuidado la información: se encontraba en el Registrum y estaba en clave. ¡No en balde se le había escapado a Zainer! ¡Este espíritu hechizado era un espíritu burlón…! Encontré la maldición… Apoyada en mis dos años de latín de escuela superior, la traduje al español. Escribí sendas cartas a la Universidad de Harvard y al Getty Museum, instituciones que poseen ejemplares de ese incunable, buscando más información. A vuelta de correo, Harvard me envió una traducción al inglés (“May the writer of the book be alloted a place in the heavens, but may he who steals the book die the death of the proud.”)*. Pocos días más tarde, el Getty me hizo llegar copia de su página para que viera que en ella no había maldición alguna. ¡Y allí estaba – a simple vista! Me reí a carcajadas. Seguro que el espíritu burlón se rió también. Muy seria ya, les escribí otra carta brindando toda la información a mi disposición, incluyendo la traducción de Harvard. Poco tiempo después recibí una carta de agradecimiento. En ella me indicaban que habían añadido mi información a su catalogación. No pude evitar que se me escapara una sonrisa de satisfacción.

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Documenta moralia, Dionysius Cato, impreso en Ulm por Johann Zainer, c.1477. Folio 25, verso, en las ultimas dos líneas aparece un verso que lee: “Sorte supernorum scriptor libri potiatur, Morte superborum raptor libri moriatur”

Para ayudar a conservar nuestros libros, evitamos el manoseo innecesario y, como yo tengo mucha fuerza de voluntad, nunca había manejado los libros de horas iluminados. Cuando les llegó su hora, en el más hermoso de los dos que poseemos, me percaté de una nota posterior en francés, bastante desvaída, pero legible, que indicaba que el libro había pertenecido a la reina Juana I de Nápoles. Ipso facto, busqué información sobre ella… y surgió un fascinante espíritu hechizado y acaso también, criminal. Acusada del asesinato de su primer marido (tuvo cuatro), Juana le vendió Avignon (prostíbulos incluidos) al Papa en una lucha desesperada por la defensa de su trono. Aunque Boccaccio le otorgó una generosa absolución en De mullieribus claris (que, por cierto, consta en nuestra colección) aún se dice en Nápoles: “Va, ca tu si peggia d’a riggina Giovanna.” (Anda, que tú eres peor que la reina Juana.)

Furs e ordinations de Valencia, de 1482, fue el último de los incunables en ser desempacado después de 13 largos años de encierro en la Biblioteca General (hoy Biblioteca Nacional que comparte espacio con el Archivo General en Puerta de Tierra) en lo que se restauraban los edificios de la sede en la calle del Cristo. Vimos – y admiramos – en la parte inferior de su incipit (primera página de un texto) un adorno tipográfico… al menos, así fue como lo identificó el director de entonces. Yo no quedé convencida. Al llegar en mi inventario/catalogación al año 1482, volví a encontrarme con el hermoso “adorno tipográfico” al pie del incipit de los Furs. Esta vez lo miré con detenimiento. Me pareció ver una “L” y una “A”. ¿Un monograma? Era usual que los dueños de los primeros libros impresos encargaran a un artista pintar las letras iniciales y, en muchas ocasiones, su escudo en la parte inferior del incipit en señal de propiedad. Pero, ¿un monograma impreso? De ser eso, las iniciales tenían que ser de alguien muy cercano al proceso de impresión del libro mismo. ¿Lamberto Palmart, el impresor? No. Definitivamente, era LA y no, LP. Sabía que tenía en mis manos un incunable raro, pues sólo hay dos o tres ejemplares conocidos y éste es el único en este hemisferio. La investigación reveló que había sido impreso por orden del gobierno valenciano, los llamados 24 (las dos docenas de individuos que administraban el reino), y que habían designado a uno de ellos, Luis de Arinyo, a ocuparse de la edición. ¡ LA…, Luis de Arinyo! Posteriormente, un visitante valenciano nos habría de confirmar que el monograma era definitivamente de Luis de Arinyo y que, por ende, podemos presumir del interesante provenance de nuestro ejemplar. Luis de Arinyo – un espíritu hechizado que surgió de nuestro gabinete mágico – quien, cautivado por el arte nuevo de escribir, se convirtió en impresor. En nuestra colección tenemos un ejemplar producido de sus prensas: Commentum in psalmos de Jaime Pérez de Valencia (1484).

    Furs e ordinations de Valencia, impreso por Lambert Palmart en Valencia, 1482.  Colección La Casa del Libro, San Juan de Puerto Rico

Furs e ordinations de Valencia, impreso por Lambert Palmart en Valencia, 1482. Monograma de Luis de Arinyo al pie de la página.
Colección La Casa del Libro, San Juan de Puerto Rico

En fin, cinco espíritus hechizados han salido de este gabinete mágico que es La Casa del Libro y podría seguir contando… Petrarca con su códice de Homero… Boccaccio buscando manuscritos y traduciendo La Ilíada… Carlos III quitándose el sombrero en señal de respeto al entrar en un taller de imprenta… Turriano, el relojero… Hernando Colón, bibliófilo… Marcus Musurus… tantos y tantos instantes mágicos que nadie ha descrito mejor que don Miguel de Unamuno: “Cuando vibres todo entero, soy yo, lector, que en ti vibra.”

Texto de María Teresa Arrarás para Varia Tipográfica

*Traducción libre de James E. Walsh, Keeper of Printed Books, The Houghton Library, Harvard University.

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