Las infinitas vigilias humanas


Breves apuntes sobre las novelas de caballería en ocasión del cuarto aniversario de la segunda parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha


El contexto histórico que rodeó a Fernando González de Oviedo (1478-1557) fue diverso y marcado por la transición de una época a otra: del Medioevo al Renacimiento. Hijo de asturianos hidalgos, se educó en la Corte de los Reyes Católicos, desempeñó diversos cargos y trabajos importantes: paje del Infante Juan, mozo de Cámara, notario público, secretario de la Inquisición y, por poco tiempo, secretario del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. Fue testigo de la Conquista de Granada en 1492, de la expulsion de los judíos y del descubrimiento de América. Jugó un papel importante en la colonización de América a donde viajó en 5 ocasiones. Fue autor de la Historia General y Natural de las Indias, referente obligado para todo estudioso del tema americano.

Claribalte
Hoja titular de la primera edición del Libro de […]Don Claribalte, escrito por Fernando González de Oviedo, impreso por Juan Viñao, Valencia, 1519.

Escribió un único romance de caballería, Claribalte,  dedicado a Fernando de Aragón (Valencia, 1519). Estos textos todavía gozaban de gran popularidad para estas fechas. Sabemos que el rey Fernando poseía y gustaba leer libros de caballería; que Cristóbal Colón poseía una amplia colección de ellos, sobre todo de primeras ediciones y que reunió la serie del Amadís de Gaula. Además. A la muy católica reina Isabel le complacían los relatos caballerescos del ciclo bretón: Lanzarote, El Santo Grial, Merlín, entre muchos otros.

Eventualmente, la opinión popular en torno a estas obras fue cambiando a medida que transcurrían los años y el espíritu renacentista iba generando nuevos paradigmas estéticos y literarios. Los juicios posteriores de Oviedo sobre los libros de caballería respecto al exceso de fantasía en las narraciones, hacen coro a las voces que criticaban estos textos. Oviedo condenaba los libros de caballería en su obra Batallas y Quinquagenas, por considerarlos “tratados vanos, llenos de mentiras e fundadas en amores e luxuria e fanfarronerías…[que] mueven a esos [necios]… e a las mujeres flacas de sienes a caer en errores lividinosos e incurrir en pecados que no cometieran si esas leciones no oyeran.”

Estas críticas a las novelas de caballería fue explorada en uno de los libros más icónicos de la literatura universal aunque con intenciones muy distintas. A principios del siglo XVII, Miguel de Cervantes Saavedra publica la primera parte de El Ingenioso

Doré Alonso leyendo novelas 1888
Alonso Quijano leyendo novelas de caballería. Ilustración de Gustave Doré para la edición italiana del Quijote impresa por Edoardo Perino, Roma 1888.

Hidalgo Don Quijote de la Mancha (Madrid, 1605) . Es el Siglo de Oro de la literatura española y esta obra ha resultado ser –junto con la Biblia- una de las más leídas y traducidas. Su importancia es patente. Ha trascendido destacadamente hasta nuestros días. En ella, Cervantes nos refiere las aventuras de un hidalgo pobre de unos 50 años, de nombre Alonso Quijano, a quien los días sin comer y largas noches sin dormir leyendo en exceso libros de caballería le obnubilan el seso; distorsionan su percepción de la realidad, llevándolo a creer cada palabra de estos libros. Se obsesiona con los ideales caballerescos al punto que se cree caballero andante medieval y sale solo en su caballo Rocinante en busca de aventuras, peripecias, a desfacer entuertos, ayudar a los desfavorecidos y desventurados para traer justicia al mundo. Su imaginación desbocada lo pierde.

En su poema Ni siquiera soy polvo, del libro Historia de la noche (1977),  Jorge Luis Borges nos describe el momento:

Soy hombre entrado en años. Una página casual me reveló no usadas voces que me buscaban, Amadís y Urganda. Vendí mis tierras y compré los libros Que historian cabalmente las empresas:

los hierros, las almenas, las banderas
y las operaciones de la magia.
Cristianos caballeros recorrían
Los reinos de la tierra, vindicando
el honor ultrajado o imponiendo
justicia con los filos de la espada.
Quiera Dios que un enviado restituya
a nuestro tiempo ese ejercicio noble.
… Lo he sentido
a veces en mi triste carne célibe.
No sé aún su nombre. Yo, Quijano,
seré ese paladín. Será mi sueño.
En esta vieja casa hay una adarga
antigua y una hoja de Toledo

y una lanza y los libros verdaderos
Que a mi brazo prometen la victoria.

En el capítulo V, Don Quijote tiene un encuentro desafortunado con unos tenderos que lo muelen a palos. Un vecino lo encuentra y lo devuelve a la aldea donde es atendido por su sobrina y el ama, quienes a su vez son auxiliadas por el cura, señor licenciado Pero Pérez y por el barbero, el maese Nicolás.

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERAEl cura interroga a Pedro Alonso. Ilustración de Daniel Urrabieta Vierge. Edición de El Quijote en inglés impreso en Nueva York, charles Scribner’s Sons, 1906-07.

Dice el ama: “… estos malditos libros de caballería que él tiene y suele leer tan de ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante e irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha. La sobrina opinaba lo mismo, y aún decía más: “…muchas veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada, y andaba a cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado decía que había muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansancio decía que era sangre de las feridas que había recibido en la batalla, y bebíase luego un gran jarro de agua fría y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Más yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que los remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos que bien merecen ser abrasados, como si fuesen herejes.

“Esto digo yo también –dijo el cura- , y a fe que se pase el día de mañana sin que de ellos no se haga acto público, y sean condenados al fuego, porque no den ocasión a quien los leyere de hacerlo que mi buen amigo debe de haber hecho.”

En la introducción a la edición de la Real Academia Española en ocasión del IV Centenario del Quijote, nos dicen que “…el canónigo, …persona culta y sensata tiene una idea clara e irrefutable de qué libros son relatos de historia y qué libros son relatos de ficción..

escrutinio biblioteca 1650-52 Paris
El escrutinio de la biblioteca. Ilustración de Jérôme David para la edición del Quijote francesa impresa en París por Jacques Lagniet en 1650-52. En esta imagen vemos al cura y al barbero en plena inspección de la biblioteca. La sobrima y la ama cogen los libros que van a ser arrojados al patio. En el fondo vemos a Don Quijote en su dormitorio imaginando que está batallando con Roldán.

Condenan al fuego a Las Sergas de Esplandián, Amadís de Grecia, Olivante de Laura, Florismarte de Hircania, El Caballero Platir, El Caballero de la Cruz, Bernardo del Carpio, Roncesvalles y otros tantos.

Perdonados, obviamente, los Cuatro de Amadís de Gaula, Palmerín de Oliva, Palmerín de Inglaterra, Don Belianis e Historia del famoso Caballero Tirante el Blanco.

En el sexto capítulo el cura y el barbero hacen un escrutinio de los libros destinados a la hoguera y los redimidos, incluyendo unos pequeños libros de poesía, dándonos idea de los gustos literarios de Cervantes. Sobra decir que La Galatea (1585) se salvó de la fogata y del escarnio. Dice Borges en su poema El Acto del Libro:

“Entre los libros de la biblioteca había uno/ escrito en lengua arábiga,/ que un soldado adquirió por unas monedas en el Alcana/ de Toledo y que los orientalistas ignoran, salvo en la versión/ castellana. Ese libro era mágico y registraba de manera pro/fética los hechos y palabras de un hombre desde la edad de/ cincuenta años hasta el día de su muerte, que ocurrría en 1614./Nadie dará con aquel libro, que pereció en la famosa conflagración/ que ordenaron un cura y un barbero amigo personal del sol/dado, como se lee en el sexto capítulo. //El hombre tuvo el libro en las manos y no lo leyó nunca, pero cum/plió minuciosamente el destino que había soñado el árabe y/seguirá cumpliéndolo siempre, porque su aventura ya es parte/ de la larga memoria de los pueblos.”

Recurrimos nuevamente a la introducción de la edición de la Real Academia Española: “El Quijote no es,… una burla del heroísmo y del idealismo noble, sino la burla de unos libros que, por sus extremosas exageraciones y su falta de mesura, ridiculizaban lo heroico y lo ideal. Todo el Quijote está construido como una parodia de los libros de caballerías, desde su estilo (arcaizante y campanudo en son de burla en multitud de pasajes) hasta sus trances, episodios y estructura misma del relato.”

Entre Oviedo y Cervantes pasó mucho tiempo, casi un siglo. Oviedo objetó el romance de caballería por razones morales o religosas, no olvidemos que fue secretario de la Inquisición. Cervantes, en cambio, con su caballero de la triste figura hizo una parodia de esta literatura. Mientras uno se quejaba, el otro se reía. A fin de cuentas, Cervantes creó quizás la primera novela moderna y un hito literario cuya importancia continúa hasta el presente.

Y concluímos con unos versos de Borges de su poema Alejandría, 641 A.D.:

“Las vigilias humanas engendraron los infinitos libros.”

DALÍ?
Salvador Dalí. Don Quijote, 1935. Plumilla y tinta sobre papel.

Texto por Gloria A. Vega Vega para Varia Tipográfica

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